Cosas de Crios II
viernes, 07 marzo, 2008, 05:32 PM - Cosas de Crios
El PVC arde y cuando lo hace lo hace de una manera descomunal, desorientada, arbitraria y salvaje.

Allá por los años de María castaña, cuando el árbol de navidad se ponía el 24 de Diciembre por la mañana, no ha mucho que vivía un hidalgo. Semblante antiguo, tirillas flaco y algo sufridor al que le gustaba más bien poco estarse quieto.

No ha más que inventarse tretas y piruetas para hacerle más feliz la vida, a él, y difícil a ellos.
Un buen día decidió probar con la química y más concretamente con la más elemental de ellas. El fuego.

Las películas en B/N de tarzán de los monos eran fuentes inagotables de ideas para los más inquietos.
En aquellas cuevas infinitas, donde los monos se escondían, los porteadores utilizaban unos largos palos de madera de cuya punta manaba fuego y que le servía de linterna para adentrarse en tan descomunal oscuridad.

Varios intentos por conseguir tal efecto me dio en reconocer que, sin algún material enrollado en la punta del palo, aquello no podía nunca chutar. Así que comencé a enrollar diversos materiales hasta dar con el más idóneo. Por su facilidad de manejo, su fácil de encontrar, su durabilidad con las llamas, por su voracidad, porque no necesitaba de ningún otro material para sujetarlo en el palo y por un bonito y decoroso humo negro, me decanté por el PVC, más conocido como plástico.
Todo eran ventajas. Vivimos unos días muy felices los dos juntos hasta que descubrí que tenía un pequeño inconveniente que si en un principio fue un gran descubrimiento, a la postre fue su fin.

El plástico goteaba.
A grandes cantidades enrolladas en el palo y cuando más ardía, el plástico empezaba a gotear como si de un grifo roto se tratara. Aunque lo que goteaba no era precisamente agua si no una lágrima ardiente que en su caída emitía un ruido infernal que, por lo menos a mi, me hipnotizaba.

Tal era la influencia que ejercía sobre mi aquel ruido que me obligaba a experimentar nuevas y excitantes tretas.

Mucho antes de la existencia de la secadora y mucho después del atizador, la colada se colgaba diariamente el los, ya en desuso, tendederos que cada vecino (en desuso) teníamos en el patio de luces (también en desuso). Colocabansé un plástico cubridor de la colada para que el vecino de arriba no mojara al de abajo con la ropa que aún salía húmeda de la lavadora. Y ese fue mi fin.

Un buen/mal día se me ocurrió lo que ya os estáis imaginando.

El fuego ha sido mi perdición toda mi vida y la de este día lo heredarán mis hijos.

La sinfonía que se formó fue de tal calibre que ni la más reputada filarmónica hubiera podido conseguir un sonido tan armónico y delirante. El plástico de mi tendedero en el cuarto gorgoteaba armonioso hasta el tercero y este al segundo y al primero y por fin al suelo. Pitidos de todos los calibres silbando al unísono como si de una caída de meteoritos se tratase. Fuego fuego y más fuego. Jamás en la vida he disfrutado tanto hasta que desperté de la hipnosis.

No recuerdo el castigo que me pusieron, no lo recuerdo. Pero creo que no he tenido reyes desde entonces y la paga se rebajó al salario mínimo interprofesional de la época. Total ... para cuatro jerséis cinco camisetas y seis bragas de nada.
¡Los padres de ahora no somos como los de antes!


Cosas de Crios
viernes, 07 marzo, 2008, 05:10 PM - Cosas de Crios
Llegaba de Torrevieja con unos cuantos trucos aprendidos en mi verano de hace algunos.
Uno de ellos era el de hacer unas ballestas con dos palos en cruz y una goma. Goma y flecha la pillaba una pinza de madera que se anclaba en la parte inferior de la ballesta.
El truco no estaba en esta rudimentaria arma sinó más bien en la confección de la flecha.
Debía de ser de una caña muy fina o en su defecto de los palos de los cohetes. En la punta se le metía una púa clavada hacia adentro y se tapaba todo con gomas elásticas en cantidad suficiente para no hacer daño y actuar de contrapeso.
En la otra punta (o culo) una V para encajar la goma.

El salvajismo y la libertad que tenía en Torrevieja se truncaba en la soledad del cuarto piso de Orihuela.
Desgraciadamente (no para mi, que no se para quien) este hecho me obligaba a la invención, preparación y organización de otros métodos de diversión distintos a los del verano.

Frente a mi edificio donde ahora hay un bonito jardín con dos oliveras y una farola, antes existía un solar vallado con un muro de ladrillos y toda clase de escombros en su interior. Había muebles rotos, bolsas de basura, escombros de obras, matas secas, cañas, somieles, colchones y un sin fin de cosas que la gente tiraba en aquella guarida de ratas.

Asomado al balcón y mirando hacia aquella mancha frente a mí se me ocurrió lo que nunca (o antes que lo hubiera hecho) se me tendría que haber ocurrido.

Hacía poco había visto una película de vaqueros (no recuerdo cual) y lo vi muy clarito. Cogí la ballesta escondida en la parte superior de mi armario, las flechas y me dispuse en el balcón a hacer (nuca mejor dicho)el indio.
Se tornó monotonía al tener que bajar tres veces para recoger las flechas desperdigadas por el solar. Entonces fue cuando Hefesto (dios griego del fuego y de los metales hijo de Zeus y Hera) me iluminó con su antorcha divina.
Corrí presto al aseo donde mi madre guardaba el botiquín con medicamentos y demás aperos. Cogí algodón y alcohol y fui al balcón donde tenía los otros baluartes.
Rodeé una flecha con algodón en su punta y lo fijé con hilo de palomar. Lo mismo hice con dos o tres flechas más.
Mojé la punta de la flecha en abundante alcohol y la dispuse en la ballesta. Prendí con un mechero fuego y ....
Me sobró con una.
Mi pericia con las armas y la anterior preparación hizo que la flecha fuera a parar justo al centro de un colchón que yacía blanco poluto en medio del solar. La sequedad de septiembre y la cantidad de basura, madera y plástico hizo de aquello un infierno difícil de describir.

Corrí a esconderme y a ordenar todos los aperos donde estaban en un principio.

Me mee en los pantalones viendo aquella hecatombe que los bomberos intentaban apagar. Todos asomados a los balcones y con las manos en la cabeza.
Todos menos yo escondido tras la persiana mirando por uno de sus pequeños orificios y rezando mil padrenuestros para que nadie me señalase.

Nadie me vio, nadie me preguntó, nadie se dio cuenta de mi presencia ni de mis tretas.

Creo que fue la última vez que jugué con ballestas pero no con el fuego que ya contaré.



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