Cosas de Crios
viernes, 07 marzo, 2008, 05:10 PM - Cosas de Crios
Llegaba de Torrevieja con unos cuantos trucos aprendidos en mi verano de hace algunos.
Uno de ellos era el de hacer unas ballestas con dos palos en cruz y una goma. Goma y flecha la pillaba una pinza de madera que se anclaba en la parte inferior de la ballesta.
El truco no estaba en esta rudimentaria arma sinó más bien en la confección de la flecha.
Debía de ser de una caña muy fina o en su defecto de los palos de los cohetes. En la punta se le metía una púa clavada hacia adentro y se tapaba todo con gomas elásticas en cantidad suficiente para no hacer daño y actuar de contrapeso.
En la otra punta (o culo) una V para encajar la goma.

El salvajismo y la libertad que tenía en Torrevieja se truncaba en la soledad del cuarto piso de Orihuela.
Desgraciadamente (no para mi, que no se para quien) este hecho me obligaba a la invención, preparación y organización de otros métodos de diversión distintos a los del verano.

Frente a mi edificio donde ahora hay un bonito jardín con dos oliveras y una farola, antes existía un solar vallado con un muro de ladrillos y toda clase de escombros en su interior. Había muebles rotos, bolsas de basura, escombros de obras, matas secas, cañas, somieles, colchones y un sin fin de cosas que la gente tiraba en aquella guarida de ratas.

Asomado al balcón y mirando hacia aquella mancha frente a mí se me ocurrió lo que nunca (o antes que lo hubiera hecho) se me tendría que haber ocurrido.

Hacía poco había visto una película de vaqueros (no recuerdo cual) y lo vi muy clarito. Cogí la ballesta escondida en la parte superior de mi armario, las flechas y me dispuse en el balcón a hacer (nuca mejor dicho)el indio.
Se tornó monotonía al tener que bajar tres veces para recoger las flechas desperdigadas por el solar. Entonces fue cuando Hefesto (dios griego del fuego y de los metales hijo de Zeus y Hera) me iluminó con su antorcha divina.
Corrí presto al aseo donde mi madre guardaba el botiquín con medicamentos y demás aperos. Cogí algodón y alcohol y fui al balcón donde tenía los otros baluartes.
Rodeé una flecha con algodón en su punta y lo fijé con hilo de palomar. Lo mismo hice con dos o tres flechas más.
Mojé la punta de la flecha en abundante alcohol y la dispuse en la ballesta. Prendí con un mechero fuego y ....
Me sobró con una.
Mi pericia con las armas y la anterior preparación hizo que la flecha fuera a parar justo al centro de un colchón que yacía blanco poluto en medio del solar. La sequedad de septiembre y la cantidad de basura, madera y plástico hizo de aquello un infierno difícil de describir.

Corrí a esconderme y a ordenar todos los aperos donde estaban en un principio.

Me mee en los pantalones viendo aquella hecatombe que los bomberos intentaban apagar. Todos asomados a los balcones y con las manos en la cabeza.
Todos menos yo escondido tras la persiana mirando por uno de sus pequeños orificios y rezando mil padrenuestros para que nadie me señalase.

Nadie me vio, nadie me preguntó, nadie se dio cuenta de mi presencia ni de mis tretas.

Creo que fue la última vez que jugué con ballestas pero no con el fuego que ya contaré.

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